Importancia del Derecho Mercantil


La importancia del Derecho Mercantil.

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El comercio está estrechamente vinculado a un atavismo no sólo humano: el instinto de supervivencia. El primer acto de comercio que “alguien” realizó hace milenios no difiere, en sustancia, de los que diariamente practican las empresas de cualquier tamaño, incluso los “aboneros”, en la actualidad. Intercambian un satisfactor por un precio. El impulso es sobrevivir: se sobre­vive con el diferencial entre lo que costó y en lo que se vendió; por ello el comercio no desaparecerá. Tal vez la diferencia más conspicua entre el comer­cio y cualquier otra actividad provenga de lo que se recibe a cambio: en aquél, un precio; en ésta, un salario, en ocasiones denominado honorario; en aquél una cosa; en ésta, la decisión de ofrecer las habilidades de un empleado o un profesional.

En una sociedad suficientemente funcional, la regla de derecho (la obligatoria) siempre sigue al fenómeno social cuya organización busca, y no al revés. Sería inútil crear una ley que no tenga como fin solucionar o prevenir un problema. Pero para que la ley consiga su objetivo es necesario que primero el problema o el fenómeno social se estereotipe, es decir, que adquiera repetición, persistencia, penetración social y consolidación formal para que sus orígenes, repercusiones, características y tipología general puedan ser conocidas y apreciadas por el legis­lador o por la autoridad pública encargada de solucionarlo, a fin de organizarlo idóneamente de acuerdo con los intereses del grupo.

Al existir como una actividad típica debido a la repetición de sus elemen­tos persistentes, el comercio ya estaba listo para ser organizado por la autori­dad pública; pero la decisión, en extremo delicada, de qué autoridad y cómo debía ordenarlo quedó insoluta para el gobernante. en virtud de los motivos que en seguida se tratan.

Al concluir el Medioevo, casi todo era nuevo en los asuntos sociales, pues estaba en formación o en transformación, incluida la estructura del Estado y la forma de gobernar. Muy pocas actividades continuaron como antaño y, en consecuencia, en pocas se tenía experiencia; una de ellas era el comercio. En­tonces, la realidad imperan te consistía, por una parte, en que los gobiernos, no obstante tener interés público en el asunto, carecían de la experiencia y los conocimientos para diseñar un derecho propio, especializado por actividad, con posibilidades de aplicarse exitosamente; por otra, el comercio había sido or­ganizado, con mucha eficiencia, por los comerciantes.

En estas condiciones, la participación del Estado en la normatividad del comercio no pudo ser otra que la de reconocer la existencia de las lex mercatorias; normas que provenían de la lógica pura, del sentido común, del equilibrio riguroso de la partida doble y de cientos de años de tortuosas expe­riencias, que las convirtieron en normas de hechura impecable y, por tanto, de una importancia insoslayable para el gobernante, aun como fuente histórica o de inspiración.

En cierta medida, y a pesar del grado de perfección que ha alcanzado en su forma de gobernar el Estado moderno, aquella realidad todavía permanece hoy en día (y debería permanecer). En efecto, no debe pensarse que el seguro, las sociedades mercantiles, el crédito bancario, el cheque, el crédito documentario o cualquiera de las llamadas figuras tradicionales del derecho mercantil son producto de la iniciativa o la inventiva de un legislador. Al con­trario, provienen de la imaginación de un comerciante; imaginación que, como veremos (núm. 9), no sólo debería ser respetada sino incluso promovida por el grupo gobernante, como manera de que los individuos más capaces participen en la solución de algunos problemas comunes. No en vano se afirma que lo que realmente resuelve no es tanto la fuerza o el poder, sino la imaginación; talento fundamental de los que triunfan en el comercio.


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